viernes, 3 de octubre de 2008

... De cielo a mar.

De búho a cielo. De cielo a mar. La vida pasaba. El tiempo volaba, me miraba, volvía y se retorcía. Se alejaba y se aferraba. Como tú. Se aferraba a la vida. Me aferraba a ti. La vida eras tú, y no la entendía sin ti. ¿Cuándo me libraría de esa cadena? Cuando pasara la noche.
Oí a un búho mientras esperaba el fin de la tiniebla. Asomé la cabeza por el ventanuco. No había nada. ¿Dónde está? Lo oí otra vez. El búho estaba dentro de mí. Lo acaricié con mi piel, lo enjaulé con mis huesos. Y el búho sonaba. No hablaba, no cantaba, no gritaba. Sonaba. No lloraba ni reía. Gemía. Gemía copulando con mi alma, que sí hablaba, cantaba y gritaba. Desnudé mi interior y no había salida. El búho me lacaba sus uñas. Yo lo metí tan dentro de mí que, al final, acabó escapando. Se me escurrió entre los dedos. Lo había hundido tanto que terminó por salir disparado hacia el cielo. Tanto, que había aparecido en el cielo.
Y ahora es el cielo el que llora. Yo le digo “calla; el búho, mi amor, no duele”. Pero el cielo sigue y sigue gimiendo. Ya no escucho al búho, pero el dolor del cielo evita que duerma. Y si no duermo no sueño, Y si no sueño no vivo. Debo encontrar una escopeta infinita para disparar al cielo. Sí, mataré al cielo, y el cielo se callará y me dejará en paz. No me interesa tu dolor. ¿Quién te preguntó por tu amor? El cielo es egoísta, y lo voy a matar. Yo lo mato con mi escopeta infinita. Haré un agujero que lo coma entero. Y al fin escucharé la risa del búho, que sobrevolará el cadáver del cielo con su “uh, uh”. La risa me devolverá el sueño. El día está cerca.
Salgo con la escopeta. Disparo, y mato al cielo. Asesinar lo infinito es sencillo. Sabes que no puedes fallar el tiro. El cielo ha muerto. Ahora lo substituirá el día, porque el cielo sólo existe de noche. De día no hay cielo. Sólo luz. Pero en realidad quiero la noche. ¿La quiero? Sí. Así que saldré corriendo con mi linterna antes de que amanezca y buscaré al búho. Él clavará sus uñas al cielo y lo resucitará. Y el cielo volverá a llorar y yo podré volver a sentir la noche en mí. Tu cadena en mí.
Salgo linterna en mano. Ilumino a mi alrededor. Imito el sonido de la hembra del búho. “Hu, hu”. Pasa un rato. Otra vez. El búho al fin responde. “uh, uh”. Está cerca. “Uh, uh”. “Uh uh”. Al fin nos encontramos frente a frente. Me mira orgulloso. ¿No decías que no me necesitabas? Quiero que vuelvas al cielo. El cielo murió. Ya no queda nada de él en mí. Tampoco en mí, pero no puedo soñar sin él. ¿Lo queríamos alguno de los dos? Quién sabrá. De pronto el búho salta, vuela y se va. Pero no se aferra, como el tiempo: Adiós, búho.
Tendré que ser yo el que despierte al cielo de su letargo. Lo agarro todo él con mis manos infinitas, las manos de mi alma. Le doy la vuelta y ya no es azul, es rojo, y ahora blanco, y por fin negro. Clavo mis uñas en su cuerpo hasta cerrar mis puños. Hasta que una lágrima de esfuerzo me resbala de la mente y cae en las llagas que he abierto. Vacías, se han llenado con el agua salda. Ya no tendré un cielo muerto. Ahora tengo la vida de un mar.

martes, 1 de abril de 2008

París...

La ausencia es la delatadora de los sentimientos. Es la llama que muestra el dibujo trazado con zumo de limón en mi corazón. A simple vista, la pluma mojada en el ácido líquido no dejó huella en mí. Cuando la mano que manejó la pluma se encuentra lejos, y no la siento sobre mí, llega el fantasma de su no presencia con un candil. Y, a fuerza de desagarrar mi alma, de quemarme por dentro, sé que quiero a alguien, o qué sé yo. Es otra relación de dependencia: necesito estar lejos de la que duerme conmigo para cerciorarme de que quiero seguir soñando a su lado. Si no aparece ese fantasma, está claro: nada me corroe, soy hielo que flota sobre el agua plácidamente.
No es fácil notar la textura del cariño en mi piel cuando estoy cubierto por la miel de sus caricias. Lo físico y lo espiritual se confunden en una bañera de agua tibia. Es sencillo sentir el calor, e identificarlo con algo más profundo, cuando su roce quema mis entrañas, cuando entro en sus entrañas. Sin embargo, en el momento en que su calidez corporal desaparece, se aleja de mí, sólo sabré que la llama existe si aparece el fantasma del candil, con el fuego de la ausencia doliente, de la desazón y de la lágrima nacida de la chispa, e incendia mi corazón, la noche y el día. Luego, cuando ella vuelva, el fantasma se irá de nuevo y ya no veré el dibujo tatuado con zumo de limón en mi corazón hasta su próxima ausencia, o hasta que la llama, de tanto acercarse, queme ese amor y no lo necesite nunca más. Será que al fin y al cabo soy de hielo.